Vergüenza de dejar morir, en mejores o peores condiciones, a las personas mayores que ya “no son candidatas” a servicios médicos existentes, para luego presumir de recursos y gestión sanitaria.
Vergüenza de encerrar y negar el acceso a recursos que podrían salvarles la vida a los grupos de personas más débiles o desprotegidos (las más improductivas) para que el resto sí podamos acceder si lo requerimos. ¿Eugenesia social?
Vergüenza de formar parte de una sociedad en la que utilizamos criterios como “optimizar los dispositivos asistenciales del sistema”, “expectativa de vida” “vida útil” o “justicia distributiva” para determinar administrativamente quién merece vivir más. ¿Obsolescencia programada de las personas?
Vergüenza de aceptar sin debate y acríticamente estas políticas “de guerra” y dejar a criterio del personal sanitario decisiones de esta trascendencia, que pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte de personas concretas. La banalidad del mal.
¿De verdad queremos lo que estamos haciendo con nuestras madres, nuestros abuelos, nuestros hijas o hermanos enfermos, nuestras amigas y vecinos, con nosotras mismas el día de mañana?
Vergüenza y tristeza, a partes iguales.
(tal vez, si muchas sentimos lo mismo, podemos hacer algo para cambiarlo: pedir perdón, investigar, denunciar, exigir responsabilidades y justicia, cambiar leyes y políticas…)
pamplona, abril de 2020